Por Moisés Sheinberg Frenkel

Introducción
Rooms by the Sea (1951) de Edward Hopper es un cuadro que produce un malestar difícil de atribuir a un solo elemento. A primera vista parece una escena estable, el interior de una casa, luces y sombras y una puerta abierta por la que se ve el mar. Sin embargo, hay algo inquietante en la pintura. Por un lado, el umbral de la entrada no conduce a un exterior cotidiano, sino a un afuera absoluto e inmediato, un mar sin playa, sin muelle, sin calle; parece que la casa está flotando. Por otro lado, se siente una ausencia; la tradicional figura central de los cuadros no existe, la casa está extrañamente vacía y la puerta abierta muestra una agencia invisible, la imagen refuerza el concepto de Marie-José Mondzain de “[…] seeing the image is equivalent to detecting, in the visible, the presence of an absence” (310). La imagen no dramatiza un acontecimiento, pero su quietud es tensa, como si algo hubiera ocurrido o estuviera por ocurrir sin que el cuadro lo muestre.